viernes, 25 de septiembre de 2026

Espacio narrativo

 VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA XXX


Era una especie de aurora boreal, un fenómeno cósmico continuo que alumbraba aquella caverna capaz de albergar en su interior un océano. La bóveda suspendida encima de mi cabeza, el cielo, si se quiere, parecía formado por grandes nubes. vapores movedizos que cambiaban continuamente de forma y que, por efecto de las condensaciones, deberían convertirse en determinados días, en lluvias torrenciales. Creía yo que, bajo una presión atmosférica tan grande, era imposible la evaporación del agua; pero, en virtud de alguna ley física que ignoraba, gruesas nubes cruzaban el aire. Esto no obstante, el tiempo estaba bueno. Las corrientes eléctricas producían sorprendentes juegos de luz sobre las nubes más elevadas: dibujábanse vivas sombras en sus bóvedas inferiores, y, a menudo, entre dos masas separadas, deslizábase hasta nosotros un rayo de luz de notable intensidad. Pero nada de aquello provenía del sol, puesto que su luz era fría. El efecto era triste y soberanamente melancólico. En vez de un cielo tachonado de estrellas, adivinaba por encirna de aquellos nubarrones una bóveda de granito que me oprimía con su peso, y todo aquel espacio, por muy grande que fuese, no hubiera bastado para una evolución del menos ambicioso de todos los satélites. Entonces recordé aquella teoría de un capitán inglés que comparaba a la tierra con una vasta esfera hueca, en el interior de la cual el aire se mantenía luminoso por efecto de su presión, mientras dos astros, Plutón y Proserpina, describían en ella sus misteriosas órbitas. ¿Habría dicho la verdad? Estábamos realmente aprisionados en una enorme excavación, cuya anchura no podía saberse exactamente, toda vez que la playa dilatábase hasta perderse de vista, ni su longitud tampoco, pues la vista no tardaba en quedar detenida por la línea algo indecisa del horizonte. Por lo que respecta a su altura, debía ser de varias leguas. ¿Dónde se apoyaba esta bóveda sobre sus contrafuertes de granito? La vista no alcanzaba a verlo; pero había algunas nubes suspendidas en la atmósfera cuya elevación podía ser estimada en dos mil toesas, altitud superior a la de los vapores terrestres y debida, sin duda, a la considerable densidad del aire. La palabra caverna evidentemente no expresa bien mi pensamiento para describir este inmenso espacio; pero los vocablos del lenguaje humano no son suficientes para los que se aventuran en los abismos del globo. No tenía, por otra parte, noticia de ningún hecho geológico que pudiera explicar la existencia de semejante excavación. ¿Habría podido producirla el enfriamiento de la masa terrestre? Conocía perfectamente, por los relatos de los viajeros, ciertas cavernas célebres: pero ninguna de ellas tenía semejantes dimensiones.

lunes, 22 de septiembre de 2025

El tiempo narrativo

 Verne - La vuelta al mundo en 80 días














Aquella noche, los cinco colegas del gentleman estaban reunidos, nueve horas hacía en el salón del Reform Club. Los dos banqueros John Sullivan y Samuel Fallentin, el ingeniero Andrés Stuart, Gualterio Ralph, administrador del Banco de Inglaterra, el cervecero Tomás Flanagan, todos aguardaban con ansiedad.

En el momento en que el reloj del gran salón señaló las ocho y veinticinco, Andrés Stuart, levantándose dijo:

-Señores, dentro de veinte minutos, el plazo convenido con mister Fogg habrá expirado.

-¿A qué hora llegó el último tren de Liverpool?- preguntó Tomás Flanagan.

-A las siete y veintitrés- respondió Gualterio Ralph-, y el tren siguiente no llega hasta las doce y diez.

-Pues bien, señores- repuso Andrés Stuart-, si Phileas Fogg hubiese llegado en el tren de las siete y veintitrés, ya estaría aquí. Podemos, pues, considerar la apuesta como ganada.

-Aguardemos, y no decidamos- respondió Samuel Falientin-. Ya sabéis que nuestro colega es un excéntrico de primer orden, su exactitud en todo es bien conocida. Nunca llega tarde ni temprano, y no me sorprendería verlo aparecer aquí en el último momento.

-Pues yo -dijo Andrés Stuart, tan nervioso como siempre-, lo vería y no lo creería.

-En efecto- repuso Tomás Fianagan-, el proyecto de Phileas Fogg era insensato. Cualquiera que fuese su exactitud, no podía impedir atrasos inevitables, y una pérdida de dos o tres días basta para comprometer su viaje.

-Observaréis, además- añadió John Suilivanque no hemos recibido noticia ninguna de nuestro colega, y sin embargo, no faltan alambres telegráficos por su camino.

-¡Ha perdido, señores- repuso Andrés Stuart-, ha perdido sin remedio! Ya sabéis que el "China", único vapor de Nueva York que ha podido tomar para llegar a Liverpool a tiempo, ha llegado ayer. Ahora bien; aquí está la lista de los pasajeros, publicada por la "Shipping Gazette", y no figura entre ellos Phileas Fogg. Admitiendo las probabilidades más favorables, nuestro colega está apenas en América. Calculo en veinte días, por lo menos, el atraso que traerá sobre el plazo convenido, y el viejo lord Albermale perderá también sus cinco mil libras.

-Es evidente- respondió Gualterio Ralph-, y mañana no tendremos más que presentar en casa de Baring Hermanos el cheque de mister Fogg.

En aquel momento, el reloj del salón señalaba las ocho y cuarenta.

-Aún faltan cinco minutos- dijo Andrés Stuart.

Los cinco colegas se miraban. Hubiera podido creerse que los latidos de sus corazones experimentaban cierta aceleración, porque al fin la partida era fuerte. Pero lo quisieron disimular, porque, a propuesta de Samuel Fallentin, tomaron asiento en una mesa de juego.

-¡No daría mi parte de cuatro mil libras en la apuesta -dijo Andrés Stuart sentándose-, aun cuando me ofrecieran tres mil novecientas noventa y nueve!

La manecilla señalaba entonces las ocho y cuarenta y dos minutos.

Los jugadores habían tomado las cartas, pero a cada momento su mirada se fijaba en el reloj. Se puede asegurar que, cualquiera que fuese su seguridad, nunca les habían parecido tan largos los minutos.

-Las ocho y cuarenta y tres -dijo Tomás Flanagan, cortando la baraja que le presentaba Gualterio Ralph.

Hubo un momento de silencio. El vasto salón del club estaba tranquilo; pero afuera se oía la algazara de la muchedumbre, dominada algunas veces por agudos gritos. El péndulo batía los segundos con seguridad matemática. Cada jugador podía contar con las divisiones sexagesimales que herían su oído.

-¡Las ocho y cuarenta y cuatro! -dijo John Suilivan, con una voz que descubría una emoción involuntaria.

Un minuto nada más, y la apuesta estaba ganada. Andrés Stuart y sus compañeros ya no jugaban. ¡Habían abandonado las cartas y contaban los segundos!

A los cuarenta segundos, nada. ¡A los cincuenta nada tampoco!

A los cincuenta y cinco se oyó fuera un estrépito atronador, aplausos, vítores, y hasta imprecaciones que prolongaron en redoble continuo.

Los jugadores se levantaron.

A los cincuenta y siete segundos, la puerta del salón se abrió, y no había batido el péndulo los sesenta segundos, cuando Phileas Fogg aparecía seguido de una multitud delirante, que había forzado la puerta del Club, y con voz calmosa, dijo:

-Aquí estoy, señores.


miércoles, 17 de septiembre de 2025

LECTURAS

 Presentación de lecturas






PRESENTACIÓN

 

(...)
huïr el rostro al claro desengaño;
beber veneno por licor süave;
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe;
dar la vida y el alma a un dulce engaño:
esto es amor: quien lo probó lo sabe.

Desmayarse, atreverse, estar furioso
Lope de Vega


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